"No sé en qué consiste que soy naturalmente curioso. Es un deseo de saberlo todo que nació conmigo, que siento bullir en todas mis venas, y que me obliga más de cuatro veces al día a meterme en rincones excusados por escuchar caprichos ajenos"

Mariano José De Larra

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viernes, 4 de diciembre de 2009

BELCHITE

La leyenda de Belchite comienza en época de la Guerra Civil Española con el bombardeo de todo el pueblo y la muerte de sus habitantes.

La historia

Se dice que por las ruinas del Belchite Viejo (me refiero a Belchite Viejo, al existir actualmente el pueblo llamado Belchite, que es el que está habitado, y el Belchite Viejo, el que fue destruido) vagan las almas de toda la gente que murió. En el verano de 1937 fuerzas republicanas, al mando del general Pozas, iniciaban una ofensiva con la que consiguieron ocupar Quinto, Codo y Mediana, amenazando la ciudad de Zaragoza. Después de un año de Guerra Civil en España, los nacionales del general Franco se encontraban a punto de entrar en Santander, y la ofensiva republicana en Aragón pretendía impedir la pérdida de la plaza cántabra y del frente del Norte, que aún resistían. A finales de agosto, el avance de las tropas gubernamentales se encontró con un grave escollo: el pueblo de Belchite, bien fortificado y con una guarnición nacionalista de unos dos mil efectivos, que resistieron hasta el 6 de septiembre de 1937.

Belchite, centro comarcal de la tierra de su mismo nombre, enclavada en un medio natural típico del secano aragonés, quedó completamente arrasado. Se calcula que los muertos en la batalla fueron unos seis mil.

El importante patrimonio histórico y urbano, ya dañado por las consecuencias de las Guerras Carlistas, quedó prácticamente arrasado en los aciagos días del verano de 1937. Belchite no fue reconstruido y hoy conviven el pueblo nuevo y el viejo, en un impresionante testimonio de la violencia de los hombres para con su historia.

La Guerra Civil Española se pierde entre los muros del pueblo abandonado, desgarrados por las balas y los obuses, para trascender hasta convertirse en un símbolo intemporal de los anhelos de paz.

Hoy existe un Belchite subterráneo, ya que durante la guerra la gente comunicó con túneles las bodegas de las casas para esconderse y poder comunicarse sin riesgo. Bajo tierra podría haber documentos y objetos de valor histórico sobre el pueblo, la guerra y la vida cotidiana durante el conflicto.

Los que han atravesado sus calles polvorientas lo han sentido. Es como si el tiempo se hubiese detenido. Uno espera que en cualquier momento unos niños salgan corriendo de uno de los caserones destruidos, y es que aún se siente vida en el pueblo.

Para muchos investigadores de lo paranormal, el viejo Belchite es el lugar perfecto para realizar psicofonías, y por los resultados se puede afirmar que así es, tanto por la cantidad como por la calidad.

Una de las mejores grabaciones realizadas fue, sin duda, la de David Garcés y Paco Calahorro, que consiguieron junto a un equipo de investigadores grabar en la iglesia de San Martín una voz. Después de analizarla, hay unanimidad en catalogar la voz de una niña o niño. También se puede escuchar un clic metálico característico de estas grabaciones. La escalofriante voz dice: "rojo al suelo".

Según los investigadores, allí no había ninguna niña o niño que hubiera podido realizar la misteriosa inclusión.

Al escucharla, parece que uno ha sido capaz de recoger un breve fragmento de historia, como si la voz hubiese perdurado a través del tiempo, con la posibilidad de ser captada en determinados momentos.

TEMPLARIOS Y MASONES

Los Fracmasones de las obediencias principales remontan sus orígenes hasta las antiguas Ordenes de Caballería Medievales y, sobre todo, a la Orden del Temple. Las órdenes monásticas y militares, entre ellos los Templarios, necesitaban imperiosamente construir edificios militares, civiles y religiosos para llevar a cabo con éxito su expansión en Europa o Tierra Santa. La mayoría de las veces debían recurrir a mano de obra ajena a la propia orden, contratando a gremios de obreros, masones, especialistas en las variadas artes de la construcción.

La historia
La masonería nace, pues, como una organización de oficio que cultiva el arte. No se trataba, por lo tanto, de simples operarios, sino que dichas sociedades estaban formadas por miembros que practicaban ritos simbólicos e iniciáticos, y se estructuraban jerárquicamente en logias. Es lo que conocemos como masonería operativa.

A partir de los siglos XVI y XVII comenzaron a ser admitidos miembros que no tenían relación con los oficios de la construcción, denominados aceptados, cuyo número fue aumentando paulatinamente hasta llegar a ser mayoría en el siglo XVIII. En 1717 se reunieron cuatro logias inglesas, originando la Gran Logia de Londres, que dio lugar a la masonería actual, llamada especulativa.

Lo cierto es que la masonería operativa había sido siempre una sociedad secreta que había asimilado desde sus principios simbología de diversos orígenes, incluyendo ritos de carácter pagano y gnóstico, pero mantenía una postura marcadamente cristiana a lo largo de la época medieval. Sin embargo, a través de los miembros aceptados, la nueva masonería especulativa se orientó a actividades filosóficas y políticas, dejando en parte de lado el oficio de la construcción. Esto significó que aunque la nueva masonería adoptara las tradiciones de la antecedente, se produjo una profunda descristianización de la organización, llegando incluso a prescindir de la creencia en Dios, aspecto que había resultado clave en las logias operativistas.

Es esta masonería filosófica o especulativa la que, para explicar sus orígenes, defiende celosamente su tradición templaria. La tradición interna de la Orden Masónica afirma que Jacobo de Molay, el último maestre de los Templarios, hizo crear poco antes de ser quemado en la hoguera cuatro grandes logias masónicas. Estos mismos rituales remontan a Salomón, el monarca israelita, los orígenes del arte que ellos practican, pero afirman que este llegó a occidente a través de los Caballeros del Templo de Salomón. Es decir, defienden que la masonería se había configurado en Tierra Santa por obra de las órdenes militares, especialmente la del Temple, y que, como hemos visto, fueron estas fraternidades de constructores llegadas a occidente las que habrían originado la francmasonería moderna.

La tradición templaria habría anidado entonces en las primeras logias masónicas escocesas, que se habrían creado para aprovechar la experiencia de los Templarios tras la caída de la Orden, incorporando además los ritos y la simbología del Temple. En Escocia, la evidencia nos muestra que los símbolos templarios grabados en piedra conviven estrechamente con los masónicos. Y, ciertamente, esta región es el lugar más idóneo para una posible supervivencia templaria. En Escocia, que a principios del siglo XIV se hallaba en guerra con Inglaterra, las bulas pontificias de supresión de la Orden nunca fueron promulgadas, por lo que la orden templaria de ese país nunca quedó oficialmente disuelta. Parecen existir pruebas de que el Temple escocés se mantuvo como un cuerpo coherente durante cuatro siglos más. Incluso se dice que un nutrido contingente de templarios luchó a las órdenes de Robert Bruce en la batalla de Bannockburn, en 1314. Precisamente es al rey Robert Bruce a quien citan los francmasones como fundador de las primeras logias escocesas.

Es bien posible que las tradiciones templarias se perpetuaran en esta región. No parece casualidad que la fundación de la masonería especulativa en Inglaterra se deba a la dinastía escocesa de los Estuardo.

Actualmente, es la Gran Logia de Inglaterra la que sustenta los más importantes grados masónicos, que hallan asimismo presentes en las demás obediencias. Estos grados, que son las divisiones en que se jerarquiza la masonería, se clasifican a su vez en varias clases. Es en estos ritos donde encontramos un templarismo vigente en los grados masónicos, ya que entre el grado 15 y el 30 se muestran innumerables rasgos relacionados con los Caballeros Templarios y el Templo de Salomón.

Así, por ejemplo, tenemos que los grados dieciséis y diecisiete se denominan respectivamente Caballero de Jerusalén y Caballero de Oriente y Occidente; el 27 es el grado del Gran Comendador del Templo, que resalta la potestad suprema del Maestre sobre la Orden templaria; y el grado 30, titulado Caballero Kadosch, se refiere a la venganza del Temple hacia la corona francesa y el papado, responsables de la desaparición de la Orden.

Pero no terminan ahí las coincidencias. Dentro de esta Gran Logia inglesa encontramos lo que pretende ser un vínculo directo con los monjes-guerreros medievales: una Orden de Caballeros Templarios. Para ingresar en esta Orden masónica del Temple, se hace requisito necesario poseer el título de Maestro Masón del Tercer Grado. Esta Orden representaría la prueba definitiva de la supervivencia de los Templarios bajo el manto oculto de la Masonería. Pero, como casi todo lo que rodea al Temple, es algo que todavía está por demostrarse de manera definitiva.

De todas formas, y para hacerse una idea de la importancia que tiene la masonería a nivel mundial, es necesario citar que la Gran Logia de Inglaterra más las diversas obediencias vinculadas a ella congregan hoy en día a unos veinte millones de personas de toda clase social. Solamente a mediados de siglo pasado, en la década de los años 50, cerca de cuatrocientos mil eran miembros de la Orden Masónica de Caballeros Templarios. Si tenemos en cuenta que en la Francia del siglo XIII, en la época de mayor auge de la Orden Templaria, esta podía estar formada por aproximadamente cuarenta o cincuenta mil hombres, no podemos dejar de preguntarnos... ¿realmente desapareció la Orden del Temple?

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